Los avatares económicos y financieros de la última década han tenido impacto hacia el interior de todas las instituciones financieras internacionales, en especial en el Fondo Monetario Internacional (FMI). Si bien la crisis le ha devuelto su protagonismo, también se observan, aún de manera muy gradual, modificaciones en la visión con que el FMU encara situaciones de este tipo, sobre todo en términos de política fiscal. Luego de los años ortodoxos del consenso de Washington, que desembocaron en la crisis argentina de 2001, el sistema financiero global fue testigo de un ciclo de abundante liquidez, lo que en conjunción con nuevos esquemas monetarios, como el de metas de inflación, permitió a los países emergentes financiarse en el mercado. Al mismo tiempo, el “boom” de los commodities permitió a estas economías contar con recursos extras, como para hacer que sus esquemas de balances de pagos fueran menos dependientes de la asistencia oficial. Así, en el trienio 2003-2005, una porción importante de naciones emergentes fue cancelando la asistencia concedida anteriormente por el FMI, movimiento al que la Argentinas se sumó, cumpliendo con la totalidad de su deuda de casi 9.000 millones de dólares en 2005. Esta tendencia, que dejó al FMI casi sin “clientes”, impactó de manera negativa en el flujo de ingresos por comisiones del organismo, generando la paradójica necesidad de implementar un ajuste hacia el interior de la institución. En este contexto, el Fondo se desprendió de parte de sus activos en oro y organizó en 2008 una reducción de personal, que si bien no implicó despidos masivos, llevó a que el 17 por ciento de sus empleados fuera transferido a otras organizaciones o se acogieran a planes de retiro voluntario.
Sin embargo, la emergencia de la crisis estadounidense, en la segunda mitad de 2008 como consecuencia de la explosión de la burbuja de las hipotecas subprime, generó tal desconcierto en el sistema financiero global que en la cumbre de presidentes de los países del G-20, transcurrida en Londres en noviembre de aquel año, se decidió asignarle al FMI un rol relevante tanto en términos de coordinar acciones que mitiguen los impactos de dicha crisis, como para ampliar su poder de monitoreo de las economías de los países-miembro, en especial de las del mundo desarrollado. Como efecto de estas acciones, en 2009 se cuadruplicó su capacidad financiera hasta un billón de dólares a través de la capitalización del organismo por parte de sus países miembro, lo cual permitió al FMI adquirir nuevamente un peso importante.
Pasando ahora a las modificaciones que están operando en el interior del organismo, un primer aspecto se relaciona con el poder de voto y gobernanza del FMI. De manera gradual, se viene dando un proceso donde los países centrales van cediendo parte de su poder de voto, a favor de las economías emergentes más grandes, especialmente en el bloque denominado como BRICs (Brasil, Rusia, India y China). A partir de marzo de 2011, las economías avanzadas cedieron cierta proporción en la participación dentro del FMI. Las economías avanzadas pasaron de representar en el 2006 el 60,6 por ciento de los votos y las emergentes, un 39,4 por ciento, a representar hoy 57,9 y 42.1 por ciento, respectivamente. En el futuro se aplicarán aún más reformas, que llevarán la participación de los emergentes hasta el 44,7%. De todas formas la distribución sigue estando muy concentrada, ya que sólo EEUU, Japón, Gran Bretaña y la zona Euro concentran el 53,5% de los votos. Más allá de este proceso necesario, se observan otras modificaciones no menores. En este complejo marco económico, el FMI está dando lugar a repensar algunos principios de macroeconomía que, previos a la crisis, se consideraban reglas establecidas. A partir de setiembre de 2008, fue nombrado economista jefe el francés Oliver Blanchard, Ph.D. en Economía del MIT y uno de los principales referentes de la vertiente neokeynesiana. Desde su asunción, Blanchard ha planteado la necesidad de reformular el rol y las interrelaciones que tienen las variables fundamentales de la economía. Principalmente, se replantea el efecto de la política fiscal en el producto de corto plazo, que antes era considerado poco relevante. De este modo, se acepta la posibilidad de un deterioro de la situación fiscal, partiendo de situaciones críticas para lograr impulsar el nivel de actividad económico. Asimismo, Blanchard acepta que poco se estudió el efecto de la propagación que este tipo de políticas genera sobre el total de la economía. Además, pone en el centro de la discusión la efectividad de las políticas monetarias que se aplicaron al principio de la crisis. Básicamente, lo que se hizo fue disminuir las tasas nominales de interés, manteniendo una inflación baja para aumentar la demanda, pero cuando se agotó la capacidad expansiva de esta política los bancos centrales se vieron obligados a tomar deudas y a comprar activos financieros para inyectar liquidez al mercado. Si bien estas cuestiones son complejas y serán disparadores de cuantiosos trabajos durante los próximos años en términos de investigación económica, parecen ser una señal en la dirección correcta en cuanto a la evolución de la economía como ciencia y como herramienta para mejorar el bienestar de las personas en el largo plazo.
En línea con esta renovada visión, el diagnóstico de la situación actual, según expresó la directora gerente del FMI, Christine Lagarde, el difícil 2011 que se vivió en materia económica no fue por nuevas amenazas que hayan aparecido en la escena económica, sino que faltó una determinación política colectiva de las partes para llegar a una solución cooperativa que culmine con los problemas estructurales que se vienen arrastrando desde el pasado. En el marco de una economía internacional muy integrada, y dónde la interdependencia entre los países es tan elevada, esta falta de medidas concretas por parte de los políticos hicieron que la situación empeore exponencialmente. En este sentido, el rol que el FMI pretende ejercer durante 2012 es el de coordinador entre los países, con el fin de encontrar un diagnóstico preciso que explique los canales de propagación de la crisis y que ayude a los países a que puedan llegar a una solución en forma conjunta. De esta forma, el FMI también espera poder incrementar los fondos con los que cuenta para aumentar su capacidad de asistencia. No sólo planean tener la capacidad de ayudar financieramente a las economías europeas, sino que quieren ser capaces de rescatar economías que sientan el impacto de un eventual contagio. Para los próximos años, se espera que la necesidad de financiamiento de los países ascienda a 1.000.000 millones de dólares, para lo que el Fondo espera poder incrementar sus fondos prestables en 500.000 millones de dólares para hacer frente a la demanda que se proyecta. En el marco de los acontecimientos de los últimos meses, el FMI actualizó sus perspectivas de crecimiento para los próximos años. Este nuevo esquema prevé una recesión en la economía de la zona Euro del 0,5 por ciento para 2012, mientras la recuperación de la región como conjunto recién llegaría en 2013, con un tibio crecimiento del 0,8 por ciento. Estos nuevos números están en línea con el escenario pesimista que se había proyectado en septiembre de 2011. Si bien el FMI ha apoyado los esfuerzos que realizaron las economías europeas para emprender recortes fiscales, también manifiesta su preocupación de que los recortes sean profundizados aún más, profundizando el escenario recesivo para 2012. De este modo, la recomendación de política económica del organismo es que, dado los grandes ajustes que ya están en marcha, los gobiernos deben evitar responder a eventuales retrocesos inesperados en el crecimiento con políticas económicas más restrictivas. Las naciones que tengan espacio para hacer políticas más expansivas, deberán reconsiderar su posición en cuanto a los recortes de corto plazo. Analizando los principales países en particular, las economías más afectadas durante 2012 serán Italia y España, las cuales se espera que caerán un 2,2 y un 1,7 por ciento, respectivamente, mientras que en 2013 moderarán la recesión, pero tampoco podrán escapar de la misma, con tasas que serán negativas en un 0,6 y 0,3 por ciento, respectivamente. Las economías de Alemania y Francia, los pilares de la zona Euro, tendrán crecimientos magros durante 2012, con tasas del 0,3 y 0,2 por ciento, que no podrán revertir el retroceso de la zona Euro vista como un conjunto. En líneas generales, las nuevas proyecciones del FMI respecto a Europa son otra muestra adicional de que la crisis internacional se ha profundizado en los últimos meses. De todas formas, la complejidad de este contexto internacional está trayendo un replanteo de la forma de encarar las políticas económicas que deberán llevar a una evolución en las instituciones económicas, tal cual las conocemos hoy. El fuerte peso de los países europeos en el poder de voto del organismo conspiran contra este proceso de renovación, aunque se proyecta que el mayor protagonismo que, a futuro, tendrán los países emergentes le de impulso a este sano cambio de visión esbozado en el último tiempo.
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