En la serie británica The Office, el protagonista David Brent (Michael Scott es su reencarnación en la televisión norteamericana) recuerda con nostalgia una emotiva imagen de su película bélica favorita, The Dam Busters, donde participa el heroico piloto, el vicecomodoro Guy Gibson. “Antes de entrar a la batalla -dice Brent-, Gibson juega con su perro”. “¡El Negro!”, dice su compinche Gareth (Dwight en Estados Unidos), recordando con júbilo el nombre del perro. Brent se estremece, deseoso de mitigar la calumnia. “Sí, fue en los cuarenta”, dice, “antes de que el racismo fuera malo”. El problema con la ilusión de una sociedad posracial es que en casi todo momento la naturaleza sistemática del racismo, su legado, sus métodos y sus impulsos tienen que ser redescubiertos y reanudados como la primera vez. Si el problema desapareció, aquellos que lo señalan o aseguran experimentarlo viven, por definición, en el pasado. Aquéllos que son testigos de él en acción deben estar delirando. Aquéllos que lo practican son malentendidos o calumniados. Así ha sucedido en las últimas semanas con la campaña de los republicanos, que hacen proselitismo como si estuviéramos en una época “anterior a que el racismo fuera malo”, cuando la familia de Rick Perry tenía una cabaña de cazadores conocida como Niggerhead (cabeza de negro), y los blancos podían soltar su lengua sin consecuencias. En la ciudad de Sioux, Iowa, le preguntaron al precandidato presidencial opositor Rick Santorum sobre la influencia del mundo exterior sobre la economía norteamericana. Mientras serpenteaba indecisamente su respuesta, vino al cruce con esta piedra preciosa: “No quiero mejorar la vida de las personas negras dándoles dinero de otro; quiero darles la oportunidad de que puedan salir y ganar su dinero”. “Bien”, dijo alguien entre el público, mientras otra mujer asentía. “Que ellos y sus familias tengan su propia forma de subsistencia”, dijo Santorum, y estalló un aplauso. “La mejor manera de lograr ese objetivo es haciendo que el sector industrial de la economía empiece a girar nuevamente”. La población negra de la ciudad de Sioux es del 2,9 por ciento. En el condado de Woodbury, donde se asienta la ciudad de Sioux, el 13 por ciento de las personas sobreviven sobre la base de cupones de alimentos, lo cual representa un incremento del 26 por ciento con respecto a 2007, pero quienes los usan son en su mayoría los blancos. Justo unos días después, en Plymouth, New Hampshire, Newt Gingrich le dijo a la multitud: “Iré a la convención de la NAACP y le explicaré a la comunidad afroamericana por qué deben reclamar un salario en lugar de cupones de alimentos”. Pero sucede que los afroamericanos representan el 0,8 por ciento de la población de Plymouth. El uso de los cupones de alimentos en el condado de Grafton es del seis por ciento, lo cual significa un incremento del 48 por ciento en relación a 2007. Y luego está Ron Paul, otro de los precandidatos republicanos, a quien le gustaría revocar la legislación sobre derechos civiles, y quien una vez declaró que “luego de los disturbios de Rodney King de 1992, el orden recién se restableció en Los Ángeles cuando los negros tuvieron disponibles sus cheques de asistencia social”. O al menos eso decían los boletines que llevaban su nombre, boletines que él mismo pagó y una vez defendió. Paul ahora asegura que los boletines no tenían nada que ver con él. No es cuestión de acusar a los candidatos republicanos de racismo. Eso sería demasiado predecible y ha surtido un gran efecto en todos lados, provocando desmentidas que rayan en lo patético. Ron Paul resulta que se hace pasar por Malcolm X. “Yo soy el único aquí arriba y el único, incluyendo el Partido Demócrata, que comprende que el verdadero racismo en este país está en el sistema judicial”, dijo. Por otro lado, Santorum se defendió como mejor pudo, perdiendo temporalmente la habilidad para hablar inglés. Lo único que pudo hacer, después de varios intentos, fue decir -en lugar de “Black people” (gente de color)- “blah” people (gente anodina). Tampoco es cuestión de mostrar cómo los republicanos le dan palanca a la cuestión racial para obtener resultados electorales. Según el Departamento de Agricultura, son más los blancos que usan cupones de comida que los negros y los latinos juntos. Al ponerle color negro a la pobreza y a la inseguridad alimentaria, incluso en áreas donde existe escasa población negra, los republicanos esperan que los cupones de alimentos sean vistos como un programa de asistencia social, desviando la atención de sus intentos de equilibrar el presupuesto a costa del estómago de los pobres. Los republicanos quieren rebajar el gasto en cupones de alimentos en un veinte por ciento y en junio votaron recortar un diez por ciento el programa WIC (por sus siglas en inglés, de “mujeres, bebés y niños”), que proporciona asistencia a mujeres embarazadas, madres y niños pobres. Todo eso es importante. Pero los esfuerzos por mover a los blancos a identificarse con su raza en lugar de hacerlo con su clase es una treta antiquísima perfeccionada primero por los demócratas del Sur. La novedad aquí es el colapso del amplio consenso nacido en los sesenta sobre el discurso racial en la política electoral. La estrategia de Nixon establecía que el racismo continuara siendo parte integral de las campañas electorales, pero aquellos que lo usaran lo tendrían que hacer en forma de código. Reagan visitó Filadelfia, Mississippi, donde habían asesinado a tres trabajadores de derechos civiles, para hablar sobre “derechos de los estados” y propuso tirar a la basura a “las reinas de la asistencia social”. El punto era darle marco a una política que hiciera de los negros los chivos expiatorios de forma tal que los racistas lo reconocieran, pero que a su vez también proporcionara suficientes pruebas para negar las acusaciones de racismo. Hoy parecen escasear los republicanos que puedan ser desplazados por su retórica racista, como si la presencia de un presidente negro los hubiera dejado ciegos ante su propio sofisma. Ningún candadito cayó en picada luego de sus propios comentarios. El frenesí mediático casi no se hace eco (tan cercano como en 2006, el “momento macaco” le costó a George Allen su asiento en el Senado). No hay forma de analizar todas las declaraciones citadas. Son lo que son. Estamos volviendo a los días en que los conservadores se sentían cómodos llamando al pan pan, y al vino, vino. Algunos comentaristas lo describieron como un silbato ultrasónico para perros, es decir, detectaron cierto uso de palabras cifradas: una interpelación fijada en un tono que llama la atención de unos sin perturbar al resto, una frecuencia especial para los que descifran el mensaje. Pero acá no hay silbido para perros ni nada tan sutil. Está el vicecomodoro Gibson llevando a pasear a su famoso perro de cruza, el Negro, al que llama fuerte y cariñosamente por su nombre.
Traducción: Ignacio Mackinze Copyright by The Nation
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