Actualizado: 19:23 - Miércoles 22.02.2012
NOTICIAS | CULTURA / SOCIEDAD
Las mil vidas de Muscari
Por Catalina Prieto José María Muscari, que escribe, dirige y actúa desde los quince y que en otra vida hubiera deseado ser físicoculturista, se presenta a la cita con Debate, con pantalones ajustados y una cadena gruesa alrededor del cuello, para hablar de su habilidad de reclutar elencos impensables y de cómo se las arregla para surfear sobre la línea que separa el under del mainstream, ahora en el estreno de Vidas privadas.
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En el 2011 -escribió- trabajé en TV, creé varias obras de teatro, cultivé amistades, cuidé a mi familia, hice dieta, entrené, intenté historias con amores, tuve amantes muy pasajeros, me fui de fiesta, me emborraché, me compré una cinta, lloré, tuve amigos en problemas, tomé sol, defendí a Flor de la V, comí sushi, tuve domingos cálidos en familia, salí en la tapa de Clarín, le alquilé un departamento a mi mamá, fui a la fiesta de la revista Gente, mandé muchos mensajes de texto, viajé a Gualeguaychú, tuve dolores corporales, bailé colgado de un caño, travestí a Tinelli”. Y la lista sigue, en mundomuscari.blogspot.com. Es probable que, cuando en su diario virtual haga el recuento de los logros del 2012, mencione el estreno de Vidas privadas -la comedia de Noel Coward que aggiornó pero “sin argentinizar”-, y a Póstumos, la obra que tiene planeado montar en el San Martín.

¿Cómo definirías la estética Muscari?
El humor está primero. Otro rasgo es que la escenografía, el vestuario, la luz, la campaña promocional, la elección musical, nada maquilla al espectáculo por fuera, sino que son fundantes. En el caso de Vidas privadas (una obra que: tiene versiones en todas partes del mundo, ya se hizo en la Argentina, siempre se hizo de época, fue protagonizada desde Lawrence Oliver a Kim Katral, se está haciendo en el Brodway en este momento), la acerqué sin argentinizarla. Eso de meterme de lleno con un material de otro y volverlo propio también es muy mío. En general para dirigir un texto de otro se compra el formato y se hace como en el resto del mundo. Yo hago una alquimia en la que ya es indecible si el texto es de Coward o mío. A lo largo de mi carrera sólo elegí tres obras de otros para dirigir (El anatomista, 8 mujeres y Vidas privadas). Si la elijo es porque algo de la anécdota de la obra podría haber sido escrito por mí.

También siempre hacés una elección de elenco atípica. Vidas privadas es un ejemplo de eso…
¿A quién se le ocurre poner a Georgina Barbarrosa con Miguel Ángel Rodríguez, María Fernanda Callejón y Christian Sancho? ¡Una ensalada extrañísima! En Ocho mujeres eran todas grandes de la actuación que nunca habían estado juntas. Además, en mis obras casi nunca los actores componen personajes sino que ponen al servicio de los personajes algo de su cosecha personal. Conmigo tienen que actuar de un modo tridimensional: actúan el realismo (con la cuarta pared, interactuando entre sí), actúan los cortes (en los que fracturan el realismo para dirigirse al público) y comprometen una tercera capa de la actuación que es aprovechar el imaginario que el público tiene sobre esos actores. Yo nunca me peleo con eso, lo uso a mi favor. Trato de encontrar algo del orden del cultivo personal que me sirva para poner en juego en el espectáculo. Por ejemplo, María Fernanda Callejón, además de ser actriz es conocida porque tiene un cuerpo bárbaro, entonces, en Vidas privadas tiene un desnudo; Christian Sancho va a poner en función de la obra sus abdominales increíbles. A Georgina, conocida por su costado gracioso, la pongo a jugar con su parte más glamorosa, su aspecto menos explorado. También ironiza sobre las cirugías plásticas, el sex appeal de la mujer madura. Se trata de encontrar los límites personales de cada actor y exponerlos en escena.

Tanto en las obras como Feizbuk, Crudo o en tu blog y también en las obras menos experimentales siempre está presente tu interés por el exhibicionismo, lo testimonial.
Lo que me pasa con eso es que siento que lo cotidiano y lo privado son dos cosas diferentes. Yo tengo cero exposición de lo privado pero no tengo ningún tipo de prurito con mostrar lo cotidiano. Pero, muchas veces, la gente los confunde. En el blog comparto mi existencia cotidiana y el lector podría creer que lee toda mi intimidad cuando, en verdad, mi intimidad no está ahí.En la pulsión de la televisión o en el mundo del espectáculo, la gente se desespera muchísimo por cinco minutos más de cámara y, con tal de lograrlo, expone cualquier bajeza personal. Creo que yo pude ir encontrando (y mi paso por Showmatch fue una clase intensiva de eso) la forma de darle algo a los medios del orden de mi cotidianidad y ser, al mismo tiempo, totalmente cauteloso con lo que para mí significa lo privado. Y eso se juega en mis espectáculos, donde actores aunque no enuncian en escena lo que exponen de sí mismos, igual, algo de eso opera.

¿Qué es lo que te llamó la atención de Vidas privadas? ¿Qué es lo más muscaresco que viste en Noel Conward?
Me sedujo la anécdota de la psicosis del amor. De un modo totalmente estilizado, Noel Coward se mete con la bipolaridad del amor: cuando podés amar y odiar al mismo tiempo, te casás y te querés divorciar al otro día, cuando odiás a ese ex y no querés volver a verlo y, al otro día, querés toda la vida de nuevo con él. Eso es la vulnerabilidad y la psicosis del amor. Y aunque la obra no habla directamente del psicoanálisis, Freud está ahí. Eso es lo más muscaresco del texto. A esta puesta, además, se le suma la cercanía del escenario con el público. El Picadilly tiene una boca casi de confesionario que hace que los actores estén muy expuestos. Eso es importante para una obra como Vidas privadas, que juega con el humor, pero también con la identificación. Los personajes se enamoran con el nivel de intensidad de las películas pochocleras. Tiene muchos elementos que apuntan a que el gran público se identifique con ella.

¿Qué diferencias hay entre dirigir a grandes como Irma Roy, Hilda Bernal, Norma Pons y trabajar con actores emergentes?
El espectáculo que voy a dirigir este año en el San Martín es sobre un texto mío que se llama Póstumos, que junta a diez eminencias del cine, el teatro y la televisión: Nelly Prince, María Concepción César, Duilio Marzio, Ricardo Bauleo, Chunchuna Villafañe. A mí los actores grandes, en general, me parecen muy modernos. Los grandes, al contrario de lo que se cree, muchas veces tienen menos prejuicios. La gente joven hace como que no los tiene. Los actores mayores acceden más rápido a mi estética y se los ve más lanzados, más atrevidos. En Vidas privadas, por ejemplo, Miguel Ángel Rodríguez no hace de un personaje como el que le tocó en La jaula de las locas, donde tenía que hacer el estereotipo de gay-loca, que para un cómico como él es más manejable. A ese personaje lo hizo Lawrence Olivier, y para interpretarlo debe pasar por  muchísimos estados

¿Qué líneas de directores ves, desde Tolcachir hasta Sofovich? ¿Y cómo te ubicás dentro de ese mapa?
En contraste con otras épocas en las que estaba todo más estandarizado, hoy hay gente como Daulte, Tantanian, Veronese, Tolcachir que puede dirigir espectáculos tanto en el circuito alternativo como en el comercial. Antes, si uno pertenecía a la elite intelectual del teatro alternativo, hacer teatro en la calle Corrientes era tildado de frívolo u oportunista. En mi caso, tengo el mismo nivel de riesgo en un espectáculo alternativo que en uno comercial. El salto de circuito nunca condicionó mi relación con el material artístico y su resultado. Mi primer éxito comercial en la calle Corrientes fue una obra propia, En la cama. Recién con Ocho mujeres, el año pasado dirigí un texto de otro. Para contar ciertas historias me parecía que había determinados actores del circuito comercial que le daban una mayor peligrosidad. También arrastré personalidades reconocidas a un circuito no tan habitual: llevé a Carolina Fal al Konex o a María Aurelia Bisutti al Teatro del Pueblo. Cuando un productor me elige es porque apuesta por mi estética. Los productores saben qué puede darles cada director. Nunca hice, y espero nunca tener que hacer (toca madera), ningún espectáculo por encargo. Todo lo que hice, desde bailar en Showmatch con un hombre hasta el espectáculo más alternativo en un teatro del Abasto, fue por convicción. Viniendo de una clase media trabajadora en la que mi papá era verdulero y mi mamá personal de limpieza, nunca tuve la necesidad de aceptar nada por dinero.

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